Descansa en paz, pajarito.
Extraño Twitter. No el sitio en sí, sino lo que pasaba ahí, y cómo podías participar. Era como una buena discoteca, un lugar para ser y ser vista. Era una fogata donde intercambiábamos historias; era un bar donde ver un juego y bromear. A veces era un aula o un salón de noticias. A veces era un Open Mic gigante, y todos fuimos comediantes de teclado alguna vez. Extraño la gente que una vez se cruzó en mi camino sin pedirlo, y conectamos.
Extraño ese punto dulce entre anónima y concisa, donde puedes decir mucho de lo que quieres in miedo de inquisiciones de familiares y conocidos, porque estás usando un perfil secundario y no hay suficientes caracteres para delatarse. Para un cerebro falto de dopamina o compañía, simplemente ver lo que nos servía el algoritmo, esa combinación de regularidad, novedad (a la que sólo se acerca Instagram y en la que YouTube tropieza) en la que era fácil convencerse de que "conoces" "gente" "interesante" con la que puedes "interactuar", y, a falta de crear algo igual o mejor, simplemente retransmitir el mensaje, con o sin añadidos. "Pero Valentina," quizá dirán, "esas características que describes, aún sobreviven de alguna manera en el twitter actual"; a lo cual respondería con:
- mucha de la gente relevante a la que seguía, decidió irse, porque... ¿Conoces la parábola del Bar Nazi? https://archive.ph/LUtvu